lunes, 14 de noviembre de 2011

Se llegará a un punto en que todos los días habrá una catástrofe

Cada día una catástrofe

Kheyvis , Cromagnon, accidentes terribles en rutas y pasos a nivel , Obras en construcción que provocan derrumbes trágicos, ambulancias que se chocan con bomberos y policías, abuelos que mueren encerrados en un incendio en el geriátrico y  ciudadanos  que votan a favor de su propia esclavitud...

El auge de la  irracionalidad y el intuicionismo , el espíritu tribal, la universalización de la moral del sacrificio propio y su contraparte inseparable, la justificación de sacrificio de lo ajeno  ... el fatalismo ,  la mentalidad anti-conceptual, la destrucción mística del ego y de la mente  , el pensamiento colectivista....el relativismo filosófico...  todo ésto junto no puede  conducir a otra cosa que a los que estamos desgraciadamente comprobando en Argentina e estos días, un pronóstico racional de ya medio siglo que se verifica con precisión:

"Se llegará a un punto en que todos los días habrá una catástrofe."   

- En ese caso, ¿podría recordarte algunas cosas para que tengas en cuenta?
- Adelante.
- Lo que más temo son los peligros inesperados, esos insensatos e imprevistos peligros de un mundo que se está cayendo a pedazos. Considera los riesgos físicos que implica el manejo de una complicada maquinaria por parte de gente ciega y cobarde, enloquecida por el miedo. Piensa en sus ferrocarriles: estarías arriesgándote a horrores como el del túnel Winston, cada vez que subas a un tren. Y sucederán más accidentes de ese tipo, cada vez con mayor frecuencia. Se llegará a un punto en que todos los días habrá una catástrofe.


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Se dice que las catástrofes tienen básicamente su origen en la casualidad y algunos habrían afirmado que los pasajeros del Comet no eran culpables, ni responsables de lo que les estaba sucediendo.
 El hombre que ocupaba el dormitorio A, en el primer vagón, era un profesor de sociología que enseñaba que la habilidad individual no tiene consecuencias, que el esfuerzo individual es inútil, que una conciencia individual representa un lujo innecesario, que no existe ninguna mente, carácter o logro de naturaleza individual, y que son las masas, y no la persona, lo que cuenta.
El ocupante del compartimento 7, en el segundo vagón, era un periodista que había escrito que es propicio y moral utilizar la fuerza "por una buena causa". Creía poseer el derecho a hacer uso de la fuerza física sobre otros, estropear vidas ajenas, ahogar ambiciones, estrangular deseos, violar convicciones, aprisionar, despojar y asesinar por todo aquello que, a su modo de ver, constituyera lo que representaba su idea de "una buena causa". No era precisamente una idea, ya que nunca pudo definir lo que consideraba bueno, sino que había declarado simplemente que se dejaba guiar "por cierto sentimiento", no limitado por ninguna clase de sabiduría, ya que consideraba que la emoción superaba al conocímiento y se basaba simplemente en sus "buenas intenciones" y en el poder de un arma.
 La mujer que ocupaba la litera 10, en el tercer vagón, era una profesora de avanzada edad que había pasado su vida transformando una clase tras otra de indefensos niños en grupos de infelices cobardes, a quienes enseñaba que el deseo de la mayoría es el único patrón para medir el bien y el mal; que una mayoría puede hacer lo que quiera; que no es preciso resaltar la personalidad de cada uno, sino obrar como los otros obren.
 El ocupante del camarote B, vagón número 4, era un editor de periódicos que sostenía que los humanos son malvados por naturaleza y están incapacitados para la libertad; que sus instintos básicos, si no se los controla, son la mentira, el robo y el crimen, y que, en consecuencia, deben ser conducidos con mentiras, robos y crímenes, actos que constituyen un exclusivo privilegio de los gobernantes, a fin de forzarlos a trabajar, enseñarles a ser morales y mantenerse dentro de los límites del orden y la justicia.
 El viajero del dormitorio H, vagón número 5, era un empresario que había adquirido su negocio, una mina de metal, con la ayuda de un préstamo otorgado por el gobierno, en el marco de la Ley de Igualdad de Oportunidades.
 El hombre que viajaba en el compartimento privado A, del sexto vagón, era un financista que había amasado una fortuna adquiriendo acciones ferroviarias "congeladas" y haciendo que sus amigos de Washington las "descongelasen".
 El hombre en el asiento 5, coche número 7, era un obrero convencido de tener "derecho" a un empleo, sin importarle si a su empleador le interesaba, o no, contar con sus servicios.
La ocupante de la cabina 6, vagón número 8, era una disertante convencida de que, como consumidora, tenía el "derecho" a ser transportada, sin que importara si la empresa ferroviaria deseaba, o no, brindarle el servicio.
 El hombre del camarote 2, vagón número 9, era un profesor de Economía que abogaba por la abolición de la propiedad privada, explicando que la inteligencia no desempeña ningún papel en especial dentro de la producción industrial; que la mente humana está condicionada por las herramientas materiales; que cualquiera puede dirigir una fábrica o un ferrocarril, ya que sólo es cuestión de conseguir la maquinaria adecuada.
 La mujer del dormitorio D, vagón 10, era una madre que acababa de colocar a sus hijos en la litera superior, arropándolos cuidadosamente y protegiéndolos de corrientes de aire y de vaivenes del tren; su esposo ejercía un cargo en el gobierno y hacía cumplir regulaciones que defendía con estas palabras: "No me importa pues sólo perjudican a los ricos. Después de todo, tengo que velar por mis hijos".
 El pasajero del compartimento 3, vagón número 11, era un pusilánime neurótico que escribía comedias, en las que, como mensaje social, insertaba cobardemente pequeñas obscenidades, encaminadas a demostrar que todos los empresarios son villanos.
 En la litera 9, vagón 12, había un ama de casa que se creía con el derecho de elegir a políticos, de los cuales no sabía nada de nada, para que controlasen gigantescas industrias, de las cuales tampoco sabía nada de nada...
 El camarote F del vagón 13 estaba ocupado por un abogado que en cierta ocasión manifestó: "¿Quién, yo? Siempre me las arreglaré bajo cualquier sistema político".
 El ocupante del cuarto A, vagón número 14, era un profesor de filosofía que enseñaba la inexistencia de la mente (¿Cómo sabemos que el túnel es peligroso?}', de la realidad (¿Cómo demostramos que el túnel existe?); de la lógica (¿Por qué insistimos en que los trenes no pueden moverse sin fuerza motriz?); de los principios (¿Por qué nos dejamos dominar por la ley de la causa y el efecto?); de los derechos (¿Por qué no atamos a cada individuo a su tarea por la fuerza?); de la moralidad (¿Qué es moral en el manejo de un ferrocarril?); y de los valores absolutos (¿Qué importa si vivimos o morimos?); era un catedrático que enseñaba que no sabemos nada (¿Por qué hay que oponerse a las órdenes de un superior?); que no podemos estar seguros de nada (¿Cómo saben que tienen razón?); y que debemos actuar de acuerdo con el impulso del momento (No irá usted a arriesgar su empleo, ¿verdad?).
 El ocupante del salón B, vagón 15, era un joven que había heredado una gran fortuna y que no dejaba de repetirse: "¿Por qué debe ser Rearden el único a quien se le permita fabricar su metal?".
 El hombre del dormitorio A, vagón 16, era un filántropo que había dicho: "¿Los hombres de habilidad? No me importa que sufran, ni si pueden soportarlo; deben ser castigados para apoyar al incompetente. Francamente, no me importa que sea justo o no. Me enorgullezco de no garantizar ninguna justicia a los más hábiles cuando son los más necesitados quienes necesitan piedad".
Estos pasajeros estaban despiertos y no había nadie en todo el tren que no compartiese con ellos una o varias de sus ideas. Cuando el tren entró en el túnel, la llama de la antorcha Wyatt era lo último que se veía. ""
Ayn Rand, La Rebelión de Atlas..Capítulo VII: LA MORATORIA DE CEREBROS ,  Editorial Grito Sagrado, Buenos Aires

Mi conclusión es el Principio de W.J.  sobre la responsabilidad individual:
"No se puede colectivizar la responsabilidad individual sin que resulten colectivizadas tambien las castastróficas consecuencias de la falta de responsabilidad" - Walter Jerusalinsky 

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